Veinte años después Gema llegó al hotel cinco minutos antes de la hora de la cita. Avanzó despacio hasta el centro del lobby y encendió un cigarrillo con parsimonia; se dispuso a esperar. La descripción escueta de sí misma que le había dado por teléfono al cliente bastaría para que éste la identificase sin posibilidad de error. Rubia, metro ochenta y seis con tacones, gafas de sol, abrigo de armiño: no habría confusión, nunca la hubo antes. Todas las miradas se dirigieron a ella, la mayoría eran de asombro mezclado con deseo. Su físico y su atuendo no pasaban inadvertidos: provocaban, intimidaban, y ella adoptaba poses que aumentaban ese efecto. Mientras expulsaba interminables bocanadas de humo hacia el techo, una mujer se acercó; era más baja que ella, delgada y con el pelo largo y negro, grandes gafas de sol y una voz tímida. -¿Es usted La Sufridora? - Depende. Para ti no, ricura: no eres mi tipo. -Vengo de parte de Pena de Amor. -Ya ¿Y por qué no viene él?, ¿se ha vuelto tí...
Un alienígena alucinado.