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Entradas

La fantasma

El otro día tuve un extraño sueño. Soñé que iba en coche por una revirada carretera de montaña en medio de una bruma que dificultaba la visión. Suaves copos de nieve caían sobre el parabrisas. El coche lo conducía mi amiga, digamos Gema, el nombre no importa. De repente, una curva mal calculada hizo patinar al vehículo, que derrapó y chocó contra el guardabarreras, rompiéndolo y precipitándonos por una pendiente hasta el fondo de un barranco. No sé cuántas vueltas dimos, pero, tras un breve período de inconsciencia, tuve la certeza de que estaba muerto, de que mi nueva realidad, lo que ahora veía y sentía y palpaba, no lo experimentaba como Bvalltu, sino como el fantasma que en que me había convertido en un instante. Curiosamente no sentí miedo, sólo sorpresa y una vaga sensación de alivio: morir, después de todo, no era para tanto. De inmediato me preocupé por Gema, que parecía malherida. Salió ensangrentada del vehículo y comenzó a subir, a trepar más bien, por la escarpada pendient...
Sólo una catástrofe de dimensiones apocalípticas me haría renunciar a dos cosas. Embelesarme con mi lechón-ternero, mi Mae West preferiada y mi Julian Sorel particular sería una. De la otra no me acuerdo. “Sed buenos y pensad en vuestro padres, cabrones”. Recuenco, Luis. 

Paridas

Hay una golondrina que me adormece con sus piruetas hipnotizadoras. El cartero siempre llama dos veces, pero jamás le he abierto. Sandokán desaparece bajo un sedoso tigre bengalí para mostrarse de nuevo, tras un interminable revolcón, fiero y vencedor, encima del felino y presto a penetrar su corazón   con su daga curva. Torrebruno, oculto tras una guitarra de proporciones que le exceden, seduce a un público improbable con voz atiplada y peluquín mal ajustado. Yamamoto se hace el harakiri con una pluma de avestruz donante de plumas para escritores en crisis o reinotas decadentes. Nunca estuve en el polo norte por más que vea cada día la aurora boreal. Los caballos no corren más porque en tu apuesta te vaya la vida. Siempre hay una cueva para refugiarse durante la tormenta, incluso antes de que necesites refugio para un chaparrón que aún no se ha anunciado. Bambi seduce al Lobo Feroz y Caperucita, cabreada, le envía a Mowgli un email con su versión de la historia distorsionada por los...

Sociedades vivas

Al parecer, la sociedad, que, según el diccionario, se define como ‘el   conjunto de personas que se relacionan entre sí, de acuerdo a unas determinadas reglas de organización jurídicas y consuetudinarias, y que comparten una misma cultura o civilización en un espacio o un tiempo determinados’ se comporta como un ente vivo, al margen de sus componentes primarios y, a su escala, indiferenciados –los seres humanos- y ejerce su voluntad de existencia y sigue su propio periplo vital. Así, por las buenas, sin necesidad de consultar a ninguna de sus células –que son, por definición, indistintas a esa escala- ni reparar en el empaque ni en las prerrogativas de éstas. No tiene en cuenta ni le importa un comino la opinión de, por ejemplo, George Bush, ni en el improbable caso de que éste tuviese luces y/o clarividencia para advertir la existencia de un ser de esta naturaleza y –presa del miedo transformado en furor fundamentalista- ordenase recluírlo en Guantánamo, por si las moscas. Hay, ha...

Entre alienígenas

  Esta mañana me ha telefoneado E.T. desde su casa, situada en una remota galaxia. Quería saber qué tal les va a los niños a los que con tanto amor recomendó hace años que fuesen buenos. Es decir, Drew Barrymore y el de las orejas. Le aclaro que la limitada capacidad telequinésica y de proceso de datos -en órdenes de magnitud superiores a la tercera potencia- del cerebro humano no da para un conocimiento exhaustivo de la vida y andanzas de cada habitante de este planeta, como ocurre en su mundo o en el mío, así que hay que recurrir a lo que aquí se denomina ‘medios de comunicación’, que no siempre suministran noticias exentas de supresiones o añadidos, cuando no de alteraciones tremebundas, debido a ciertos intereses de índole turbia que los editores suelen introducir –bien que con letra pequeña o incluso con tinta invisible- en el código deontológico cuyas conductas gobierna. Según estos medios de dudosa verosimilitud –insisto- Drew dedicó su adolescencia a visitar centros de rehabi...

Autoayuda II

Jaime era un ser infeliz. Lo había sido toda su vida. Un día se decidió a comprar un libro de autoayuda del que había oído hablar. Lo leyó con desesperada atención, como un náufrago se aferra a una tabla en el mar, suplicando para sus adentros que aquel libro no fuese un fraude y le ayudase a dejar de sufrir inútilmente. Porque Jaime sufría por nada, no había motivo aparente: simplemente no era feliz, se sentía el más desgraciado de los hombres. Siguió con tenaz obediencia cada uno de los consejos del libro. Se libró primero de su miedo a cambiar, preparándose así para remodelar la estructura de su mente lastrada de prejuicios, que según el libro eran los causantes de su desgracia. Hizo ejercicios de relajación para superar su ansiedad, de la que se fue deshaciendo poco a poco. Superó su pánico al rechazo social, lo que elevó de inmediato su autoestima. Dejó de lamentarse por los errores del pasado y eso le proporcionó tranquilidad de conciencia. Se liberó de la preocupación por el f...

Autoayuda

El humano es un ser que ansía la felicidad. El problema es que no sabe cómo conseguirla. Desde el tratado “La conquista de la felicidad” de Bertrand Russell, cientos de libros han sido publicados sobre el tema, cada uno con su fórmula particular para obtener tan preciado bien. Sus recetas abarcan un amplio espectro de soluciones que oscilan entre el “tú puedes conseguirlo con la suficiente voluntad y un poco de ayuda”   y el “acéptate a ti mismo y a tu circunstancia”. El primero apela a la posibilidad de elegir y por tanto de luchar contra las adversidades que posee el ser humano, animándole a cambiar lo que no le guste tanto de sí mismo como de su entorno –pero sobre todo lo primero, es evidente-, mientras el segundo postula que si rebajamos nuestras expectativas vitales y nos conformamos con lo que hay seremos más felices –muy en consonancia con los postulados de la religión cristiana-. La mayoría de los tratados se sitúan en una posición intermedia; se les conoce como “libros de a...