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Ruptura con agravante

Abilio y Marina llevaban tres meses saliendo. Eran adolescentes y apasionados, les gustaba la vida burguesa que sus padres les habían regalado, miraban el futuro con optimismo, no permitían que los contratiempos cotidianos nublaran su felicidad. Tenían, como no se cansaban de repetirles sus profesores y sus padres, toda la vida por delante. Una tarde, Marina le dijo a Abilio que había tenido una falta. “No debes preocuparte”, dijo él, “será la excepción que confirma la regla”. Y se rió de su frase ingeniosa. A Marina no le hizo gracia, tenían que hablar en serio de aquello, ¿y si estaba embarazada? Abilio se puso lívido, había captado de golpe la seriedad del asunto. “¿Casarnos?”, tanteó, inseguro. “No seas bobo, a nuestra edad no funcionaría. Lo mejor será un aborto, ahora es fácil, si no aquí conseguiremos dinero para ir a Londres”. “Pues a mí me haría ilusión un enano, ya somos adultos, tenemos diecisiete años y con un poco de ayuda podríamos criarlo sin agobios; yo trabajaría y...

Casimiro

A Casimiro lo echó de su casa su mujer, cansada al parecer de que su marido no atendiera sus deberes conyugales, no ya con una discreta periodicidad, sino sin unos imprescindibles servicios mínimos, como en las huelgas; qué menos, pensaba ella, yo aquí, aburridita perdida todo el día, mientras él se lo pasa en grande con sus compañeros del trabajo; luego llega y que si la espalda o la cabeza o la almorrana o el estúpido del jefe; y me quedo siempre a dos velas. A mí no me tratas más como a una monja, le dijo el día que le puso la maleta a Casimiro en la puerta, ya tendrás tú algo por ahí, ya, pero a mi no me toreas tú más, ¡pichafloja! A Casimiro se le cayó el alma a los pies: estaba enamorado de su mujer, sólo que había dejado de atraerle sexualmente, ya no la deseaba más que como esposa y madre de sus hijos, pero como éstos aún no habían nacido tuvo lo que se llama un conflicto de intereses: el poco que sentía –sexualmente sólo, repito- por su señora y el desaforado por crear una...

Una experiencia sexual

Era la tía más maciza del instituto. Estaba como un tren, pero no como esas mariconadas de aves de ahora, donde te puedes tomar una sopa fría de melón sin derramar una gota durante el trayecto (el de la cuchara, digo, no el del tren), sino como un tren con locomotora a vapor, de esos que asaltaban los indios y los forajidos en las pelis del Oeste y que nunca podían detener, que se mantenía inmutable sobre los raíles, con la cabellera de humo al viento y un silbato que causaba pavor entre el ganado que pastaba cerca; un pedazo de tren; un pedazo de tía. Por eso me extrañó que comenzara un día a sonreír y a lanzar miraditas traviesas cuando se cruzaba conmigo. ¡Qué raro!, pensaba yo, con lo alfeñique que soy, debe tratarse de una broma o algo. Pero no, porque un día ya no pude contenerme más e, intrépido, doblegando con mi sóla voluntad el innato miedo al ridículo y la timidez que siempre me han reprimido, me lancé como quien salta al vacío y le hice la   gran pregunta. -¿Quieres i...

Día del Carmen

Con este calor no hay quien se concentrrrrrre (ha caído una gota de sudor sobre la tecla ’r’ y, al ir a limpiarla, miren el estropicio que he armado). Hoy es el día del Carmen en mi pueblo y desde las doce de la noche pasada no cesan de bramar los petardos y los cohetes de colores (¿No hay crisis, pues ¡toma fuegos artificiales! Para espantarla –sí, sí…-); mis perros no saben donde esconderse; están entrenados para repeler el mejor planeado de los asaltos, pero tírate un pedo delante suya y verás cómo corren que se las pelan. Hay, dicen, psicólogos o pedagogos para perros –sonaría mejor perrogogos-, profesionales que indagan en la mente de los canes y los liberan de sus miedos para que sirvan a sus dueños con plena capacidad, devorando cuanto a éstos amenace, sea o no comestible –para los perros lo es casi todo, como para los humanos y los cerdos-, guardando y salvaguardando la parcela, finca o latifundio donde moren sus amos en función de sus fortunas. Este día, el del Carmen, los...

Cristina

Tenía trece años y estaba encerrado en un cuerpo que una enfermedad mal diagnosticaba le había deformado cruelmente. En el colegio, los otros chicos le llamaban ‘el lisiado’, y no dejaban pasar oportunidad de reírse a su costa. -Lisiado, nos falta uno para el partido, ¿quieres ser nuestro portero?. Él se retiraba al aula solitaria entre las risas de sus compañeros. Su rostro, eternamente pálido y fatigado, sólo se animaba cuando veía a Cristina. Desde que la vio quedó prendado de aquella niña de pelo color canela que desprendía un olor a amapolas recién cortadas. Se enamoró de ella como sólo los adolescentes impedidos son capaces de enamorarse: con un amor doloroso y pleno, inmarcesible, irrenunciable, agotador. La buscaba a todas horas y no se cansaba de mirarla. Todos se dieron cuenta, por supuesto, y las chanzas y puyas que le dedicaban al respecto le herían como saetas incandescentes. Pero no renunciaba a contemplar la figura distante y esquiva de Cristina; la voluble, creída...

Crisis, what crisis?

Acudo a un banco que no tiene nombre para firmar el contrato de una hipoteca. Mientras espero sentado en un despacho sin paredes aparece un señor diminuto que dice ser el director y me entrega, diciendo que es el contrato en cuestión, unos folios en blanco. Le hago notar esta circunstancia y argumenta que en realidad está redactado con tinta invisible y que sólo aquellos afortunados dignos de recibir créditos de su afamada entidad financiera son capaces de leer. Firmo con una cruz aduciendo que mi limitada cultura, mi ignorancia en tales menesteres y, en definitiva, mi analfabetismo me impiden usar una firma más digna. Comprensivo, me explica que en realidad se trata de una broma y me entrega otro contrato por el que me comprometo a prestar al banco la suma de 240000 €, que me será devuelta en cómodas cuotas mensuales durante los próximos veinte años. No quiere molestarme con farragosas explicaciones, así que muy sucintamente me resume la situación: al dirigirse con el perito tasador...

Kitty

A Frank se le había hecho tarde una vez más. Ya clareaba el horizonte cuando aparcó el coche delante de su casa. Al entrar miró instintivamente hacia el piso de arriba y vio un haz de luz que se filtraba por una rendija de la puerta del dormitorio. Mary estaba despierta, de nuevo esperándole. Subió y trató de parecer desenvuelto.  -Hola, cariño, ¿otra vez con insomnio?  Mary no contenstó. Estaba echada de lado en la cama, medio tapada por las sábanas y completamente inmóvil, se diría que dormía excepto por el hecho de que tenía los ojos abiertos de par en par.  -¿No tomaste la pastilla anoche?-, preguntó Frank; cambió rápidamente de tema. –Menudo trimestre llevamos, nos sale el trabajo por las orejas. ¿Cómo demonios quieren que rindamos si no tenemos tiempo ni para dormir?-.  -¿Te acordaste de la comida de Kitty?-, preguntó Mary con voz apagada.  -¡Vaya por Dios! Ya sabía que olvidaba algo. No te preocupes, en cuanto abran el super iré a por la comida, mientras puedo ponerl...