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Entradas

Otra de gatos

Esto de la escritura es la repera. Últimamente he caído en la cuenta que el día que no escribo me pongo de mala hostia. Es como ser drogadicto, si no consumes te da el mono. Hoy le he dado una patada al gato sin venir a cuento; en vez de cabrearse me ha mirado con los ojos muy abiertos, como no dando crédito a lo que acababa yo de hacerle. Que se vaya acostumbrando, o que conjure a mi musa, ¿no es fama que los gatos son gente afecta a lo oculto y a lo sobrenatural? (Embrujada –la fetén, o sea, Kim Novak- tenía un gato del que se servía para sus hechizos –qué no daría yo por ser hechizado por la Novak-). De hecho, en muchas piezas literarias de terror –y en películas también- hay un gato de por medio. Eso de que tengan siete vidas no me ha parecido nunca muy normal, sino más bien cosa de brujería o espiritismo u otra clase de ocultismo. El hecho es que si no hace algo pronto que ayude a poner en marcha mi inspiración lo voy a frustrar de tal modo que acabará por darse a la bebida. L...

Carta a una vieja conocida

      Querida hoja en blanco:       Sirva la presente para poner en tu conocimiento que me cago en la madre que te parió. ¿Por qué me das tanto miedo? Pero si no eres nada, apenas un trozo de espacio conceptualmente vacío, como la mente de un político; careces de rasgos o símbolos que puedan infundir temor y aún así te temo. Te temo más que, de niño, temía al coco, o al hombre del saco, o a los Reyes Magos (no es que fuese un niño raro, simplemente republicano); más de lo que luego, durante los años de mi adolescencia, temí los cates en mates, o a los matones del insti, o a la ceguera que estuve a punto de contraer a base de pajas, o a sacar a bailar a una chica en un guateque; te temo aún más de lo que ya de adulto he temido a cosas más dignas de ser temidas: las políticas militares de los gobiernos, el nihilismo de los futuros próceres o que ella me abandone algún día.       Te temo más que a mi propio miedo, inmaculada hija de puta. Eres la sábana mortuoria del terror, la casull...

¿Mi gato?

Envuelto en la calidez del edredón disfrutaba de esos momentos en los que no se está despierto ni dormido, minutos o segundos de tiempo fronterizo, de tiempo de nadie, a caballo entre el sueño que no se quiere acabar y la vigilia a la que le da pereza comenzar, segundos, minutos de consciencia adormecida donde se mezclan la realidad soñada y la realidad percibida, el sueño y la realidad, mentira y verdad o verdad y mentira. Escuché, amortiguados, los pasos de mi gato sobre la moqueta del dormitorio, su ronroneo asmático y sordo; se acercó hasta mi lado de la cama, su sonido gutural subió de volumen; alargué mi mano por fuera de la cama para acariciar su lomo, su inacabable lomo. El rayo de una certeza me despertó de golpe; y recordé. Yo no tenía gato.

Frases, monos y frases

No recuerdo ahora quién dijo que somos prisioneros del tiempo, cautivos de la eternidad. Hacer frases contundentes parece ser el trabajo de algunos pensadores. Luego vienen otros que no piensan tanto y los parafrasean si tienen principios éticos o los plagian si no los tienen. Los escritores, por lo general, y como la mayoría de los espíritus libres, que saben cómo librarse de las tiránicas cadenas de la mediocridad, son gente de ética voluble, incluso indefinida, así que el plagio abunda más de lo que sería deseable, sobre todo por los plagiados, que se desesperan viendo cómo en los Tribunales de Justicia los abusos que algunos desalmados cometen con sus conspicuos escritos sufren una prelación de orden inferior a las violaciones y los asesinatos. Y es que la Justicia es a veces tan injusta (acordarme de patentar esta frase). En uno de los libros que leo estos días –siempre simultaneo cinco o seis-, creo que en ‘Nunca digas noche’, de Amos Oz, un personaje cuenta una historia acer...

El ciego del perro II

Habíamos quedado en que un ciego pasea con su perro por una playa solitaria o bien por una calle concurrida. Que sea por la playa, a ver qué nos sale. El ciego y su perro dando un paseo por una playa solitaria. Añadamos algunos elementos decorativos, hablemos un poco del paisaje. Por ejemplo, el día está nublado, de un gris denso, opresivo, es posible que llueva pronto. Puede ser por la mañana o por la tarde, las nubes oscuras impiden que aclaremos esta cuestión. La marea está baja, eso deja una ancha playa de arena mojada y compacta, no del todo recta pero con una suave inclinación que no entorpece el paseo del ciego. A lo lejos, en la dirección que siguen las dos figuras, se divisan algunas montañas, los picos ocultos por las nubes. Una bandada de gaviotas describen piruetas en el aire y lanzan chillidos agudos, agoreros, piensa el ciego, los antiguos heteromantes podrían sacar una buena información de esos graznidos, y con seguridad no presagiaría nada bueno. Camina descalzo –ha p...

Coquito otra vez

Ayer fue el cumpleaños de Coquito y no le he regalado nada. No sé qué soy más, si despistado o descastado. En cualquier caso no tengo perdón de Dios (versea Manuel Alcántara diciendo que ‘si Dios existe, no tiene perdón de Dios’), ni de nadie. Sólo de Coquito, que nació para reír y para perdonar. Si quisiera juntar todo lo que me ha perdonado desde que la conocí, faltarían en el mundo escritores de ciencia ficción para imaginar universos y llenarlos con sus dulces perdones.   Trabajas demasiado, Coquito; y aunque seas muy trabajadora, también hay que saber descansar y distraerse, te lo digo yo que soy un experto en hacer el vago y el ganso. Teléfono va, teléfono viene; cliente va, cliente viene; punto de cruz va, punto de cruz viene; hija mía, ¡qué cruz! Menos mal que tu sonrisa siempre te rescata y hacerla aparecer es mi especialidad –aunque no la tengo patentada y temo que el día menos pensado cualquier vivo se la apropie y me sustituya-, quizá lo único que se me da bien y que má...

El ciego del perro

Iba a escribir una historia acerca de un ciego que pasea con su perro lazarillo por una playa solitaria cuando de repente me ha asaltado la duda de si no sería mejor que paseara por una calle concurrida de una ajetreada ciudad, porque en una ciudad hay en principio más peligros para un ciego que en una playa. Pero luego he pensado que precisamente debido a la tranquilidad de la playa, que implica la ausencia de gente que pueda importunar el trabajo de, digamos un asesino, debido a esa ausencia de testigos, digo, pues una playa puede convertirse en el escenario idóneo para un crimen. Un momento, he pensado enseguida, ¿por qué tiene que haber peligros o un crimen en el relato? Yo sólo quiero escribir una historia breve y sencilla sobre un ciego que pasea tranquilamente con su perro lazarillo ya decidiré dónde, pero no había ningún asesinato previsto, ¿qué ha pasado aquí? ¿Tenía ya inconscientemente preconcebido el asesinato como parte del relato? ¿Se ha incorporado sobre la marcha ese ...