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Has vuelto

Has vuelto a mis sueños. Me asaltas de madrugada y te introduces en mi mundo sin pedir permiso, arrasas mi inconexa realidad hecha de recuerdos desvirtuados y desgarrados jirones de vida que no se han acabado de desprender, pones un poco de orden aquí, algo de desorden allá, compones y descompones a tu antojo lo único inquebrantablemente mío, el jardín prohibido que invento cada noche para refugiarme en él, para ponerme a salvo de la otra vida que no sé manejar, que me desborda y me zarandea como un vendaval a una mariposa. Por eso fabrico en mis sueños una realidad a mi medida, en la que todo obedece a un orden diseñado por mí para mí solo, donde soy feliz por unas horas que a veces valen por toda una vida. Y apareces tú de nuevo, ahora que te creía olvidada, que me sentía seguro entre mis flores y mis abejas, intocable. Ni eso respetas, ni lo más sagrado. Nunca lo has hecho. No quiero hablar contigo, no te voy a seguir el juego; sé que si lo hago al final me convencerás de que ti...

Excesivas reflexiones

El mundo, si fuera perfecto, estaría hecho a mi medida; y esto no lo digo sólo porque yo sea un egoísta, sino porque he comprobado sobradamente que ninguno de los internos a los que le he expuesto este razonamiento se ha atrevido a ponerlo en duda. Y han sido muchos los que de manera explícita o tácita me han dado la razón, no por nada llevo casi veinte años en este manicomio, perdón, sanatorio mental, donde he tenido tiempo para reflexionar sobre cuestiones de toda índole, sobre todo las relacionadas con la naturaleza humana. Y he llegado a algunas conclusiones fundamentales en las que me apoyo para seguir viviendo sin volverme cuerdo. La primera es que cuando todo el mundo pierde la razón sólo los locos nos comportamos como si la tuviéramos. Hace unos meses, por ejemplo, hubo un terremoto de orden cinco en la escala de ese tío cuyo nombre nunca recuerdo, más que nada porque los terremotos, en mi tierra, sólo se dan de cuando en cuando. Pues ese terremoto desencadenó una histeria co...

La ciencia

Leo un artículo de Umberto Eco en el que distingue entre ciencia y tecnología, y subraya que la diferencia fundamental es el tiempo de respuesta de cada una. Aclarando para empezar que la tecnología es una aplicación práctica de la ciencia, un resultado, pasa a reflexionar acerca de lo mal que nos está acostumbrando la tecnología, que nos proporciona soluciones inmediatas a problemas que ella misma nos va creando. En este sentido añado de mi cosecha que los intereses de las empresas que fabrican esa tecnología tienen mucho que ver con este fenómeno de necesitar el consumidor imperiosamente y de inmediato algo cuya existencia se desconocía unas horas antes. Se induce una demanda teledirigida hacia los productos que a dichas empresas les interesa vender. La ciencia, con su cinética de galápago, no puede –ni debe, según el caso- entrar en esa dinámica de celeridad. En primer lugar porque los presupuestos son los que hay, suelen ser insuficientes y no dan para dispendios precipitados; en...

El ciego del perro III

Habíamos dejado a nuestro protagonista (porque es de suponer que es el protagonista, ¿o no? ¿Será otro personaje? Entonces por qué tanta atención al ciego, tanto dato acerca de él. (Dejemos esa cuestión para más adelante.) Nuestro posible protagonista, el ciego, pasea con su perro por una playa desierta rumiando su desgracia y sintiéndose doblemente desgraciado, por haber perdido la vista y por no asumir este hecho, esta nueva condición que ha alborotado su universo entero, el físico, obviamente, y el psicológico –por supuesto, también el anímico, sobre todo el anímico-. Digamos que pasea cada día por la misma playa, cada mañana, una rutina que se impone para mantener el cordón umbilical con el mundo, para no encerrarse dentro de su tragedia y acabar por volverse loco. Un paseo medicinal, que tal vez le recomendó el médico, o su hermana Dorotea, más probable el médico, al que tolera porque de algún modo le ayuda o está ahí si lo necesita por alguna urgencia extraordinaria –ansiedad, ...

Esfuerzo gratificante

Escribo estas líneas con enorme esfuerzo y sólo porque me he comprometido conmigo mismo a no valerme de la excusa de mis brotes enfermizos para dejar de escribir, así que no puedo defraudarme porque en el fondo me tengo cierto cariño. No me gusta quejarme, pero hay ocasiones en que no puedes hacer otra cosa, como un gato moribundo tras ser atropellado por un coche. El coche de la mala salud es temerario y no respeta las reglas de circulación, por eso hay que andar con pies de plomo y mirar a ambos lados antes de cruzar la calle. Y aún así te atropella. Pues atropellado y todo hoy voy a escribir esta entrada en mi blog, que es el de ustedes. Lo que no sé es sobre lo que voy a escribir aunque por lo visto ya lo estoy haciendo, y quizá sea esa la mejor manera de abordar la escritura, como sin querer pero en el fondo queriendo (y queriendo una barbaridad), así, un   poco a lo tonto,   como quien habla por hablar –la mayoría-, pero disfrutando de ello, así que tal vez sea mejor decir como...

Otra de gatos

Esto de la escritura es la repera. Últimamente he caído en la cuenta que el día que no escribo me pongo de mala hostia. Es como ser drogadicto, si no consumes te da el mono. Hoy le he dado una patada al gato sin venir a cuento; en vez de cabrearse me ha mirado con los ojos muy abiertos, como no dando crédito a lo que acababa yo de hacerle. Que se vaya acostumbrando, o que conjure a mi musa, ¿no es fama que los gatos son gente afecta a lo oculto y a lo sobrenatural? (Embrujada –la fetén, o sea, Kim Novak- tenía un gato del que se servía para sus hechizos –qué no daría yo por ser hechizado por la Novak-). De hecho, en muchas piezas literarias de terror –y en películas también- hay un gato de por medio. Eso de que tengan siete vidas no me ha parecido nunca muy normal, sino más bien cosa de brujería o espiritismo u otra clase de ocultismo. El hecho es que si no hace algo pronto que ayude a poner en marcha mi inspiración lo voy a frustrar de tal modo que acabará por darse a la bebida. L...

Carta a una vieja conocida

      Querida hoja en blanco:       Sirva la presente para poner en tu conocimiento que me cago en la madre que te parió. ¿Por qué me das tanto miedo? Pero si no eres nada, apenas un trozo de espacio conceptualmente vacío, como la mente de un político; careces de rasgos o símbolos que puedan infundir temor y aún así te temo. Te temo más que, de niño, temía al coco, o al hombre del saco, o a los Reyes Magos (no es que fuese un niño raro, simplemente republicano); más de lo que luego, durante los años de mi adolescencia, temí los cates en mates, o a los matones del insti, o a la ceguera que estuve a punto de contraer a base de pajas, o a sacar a bailar a una chica en un guateque; te temo aún más de lo que ya de adulto he temido a cosas más dignas de ser temidas: las políticas militares de los gobiernos, el nihilismo de los futuros próceres o que ella me abandone algún día.       Te temo más que a mi propio miedo, inmaculada hija de puta. Eres la sábana mortuoria del terror, la casull...