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Amor asesino

Estoy a oscuras en mi camarote con la oreja pegada a la puerta que comunica con el camarote contiguo. Luisa y yo habíamos acordado que sería mejor ocupar estancias diferentes, aunque juntas y con una puerta que las comunicaba muy convenientemente por si se producía la reconciliación que yo tanto deseaba y entonces bastaría con dejar abierta esa puerta para unir los dos camarotes.

Mis amigos

Me encantan los animales. Tengo seis perros, tres ponis y un loro. Los perros se comportan como cabe esperar en los perros; los ponis se pasan el día con la mirada atenta y fija en algún punto del horizonte, como si esperaran que algo ocurriese allí en cualquier momento; llevan así años.

Otra vez

Hace muy poco que he recuperado la conciencia de mí mismo y la memoria. Sé dónde estoy de nuevo y sé que que muy pronto volveré a olvidar y empezará otro ciclo que recorreré, como ocurrió con los anteriores, como siempre ocurre, a ciegas, a tientas y a solas.

Pesadillas

Soy propenso a las pesadillas. Llegan en oleadas, a rachas, y como vienen se van. Duran unos días, unas semanas, y en ese tiempo me amargan los sueños (y el sueño). Es sabido que los sueños habitan el universo de lo absurdo, de lo imposible, y pueden llegar a ser mágicos y también horribles, como en las pesadillas.

Ladrones de tiempo

No hay ladrones de peor ralea que los ladrones de tiempo. Son gente desalmada que no saben muy bien cómo ocupar sus horas y, frustrados, las emplean en birlarte las tuyas, para que uno también se joda (porque no debe de haber cosa más jodida que advertir con impotencia cómo el reloj de sus vidas no se detiene aunque no les den cuerda o se agoten las pilas). Entre todos ellos tienen merecida fama los burócratas y los médicos privados.