Yo, Bvalltu, el enviado de las estrellas, comienzo a creer que mi estancia en este mundo es la respuesta al deseo de un ente superior cuyos designios son, de momento, una incógnita tanto para los humanos como para los seres de un orden cósmico superior que, como yo mismo, no atinamos a descifrar el oscuro objeto de tal deseo, disposición u orden. Me dice mi madre galáctica, en uno de los muchos contactos mentales que mantenemos, que no existe un principio creador del universo, que no me coma el tarro. Pero no puedo evitar sentirme contagiado por los sobrecogedores rituales de los adoradores de distintos dioses que existen en este planeta, encaminados a ganarse su favor y, en numerosas ocasiones, ponerse hasta el culo de licores diversos, al parecer propiciadores de la conexión con los dioses, pese a que en casi todas las religiones el consumo de alcohol, más cuando precede a un rito de homenaje divino, está no sólo mal visto, sino hasta prohibido. Lamento confesar que desconozco el p...
Un alienígena alucinado.